De Amurrio a Peñanegra por Mariaka

Situaremos el punto de salida y de llegada en la plaza del bonito pueblo de Amurrio, situado al noroeste de Araba. Escatimaremos el tiempo previsto para completar la ruta en tres horas.

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Desde la plaza de Amurrio nos pondremos rumbo a Aldama tomando la dirección del barrio San José, hacia el norte. En este barrio, observaremos un cruce en el que nos desviaremos hacia de la derecha, dirección San Roque. Tras pasar sobre el puente del río Nervión, podremos observar una enorme cuesta de hormigón, hacia la que nos dirigiremos. Pasada la cuesta, y siguiendo el camino, nos introduciremos en un bonito bosque de pinos, con alguna que otra pradera donde podremos observar rebaños de ovejas de la raza latza, características de la zona. Junto al camino, a mano izquierda, aparece una casa torre, acompañada de una cabaña.

Tras contemplar la casa del fuerte Mariaka continuamos con nuestro recorrido y siguiendo el camino sin desviarnos por ningún sendero, llegaremos a otro viejo caserío perdido en el monte, llamado Pardío.
Junto al caserío se puede contemplar una senda a mano izquierda, por la que seguiremos nuestro paseo hasta llegar al barrio de Aldama. Este pequeño barrio en las faldas del monte Peñanegra está formado por cuatro caseríos y una pequeña ermita en honor a San Simón y San Judas. Podremos descansar y almorzar en una de sus empinadas campas.
Para la vuelta a Amurrio, descenderemos por un camino semi-asfaltado (el único que hay), que nos llevará hasta el camino de San Roque, cerca de la primera cuesta de hormigón que habíamos ascendido cuando nos dirigíamos a Aldama. Desde aquí, regresaremos a la plaza de Amurrio.

Leyenda

Dice la leyenda que esta histórica casa albergaba mucho tiempo atrás al “fuerte Marika”.
Mariaka, era un hombre enorme, algunos decían que era un gigante, pues media más de dos metros. Le gustaba poco relacionarse con la gente, casi todo el mundo le tenía miedo y le miraban de forma extraña.
Mientras los musulmanes estaban en plena conquista de España, y alguna avanzada había llegado a las tierras de Ayala, Mariaka vivía tranquilo en su casa-torre. Hasta que un día llegó hasta su puerta un vecino del pueblo de Amurrio. Éste le pedía ayuda para enfrentarse a los llamados “moros”, pero Mariaka se negó y le cerró la puerta.
En Amurrio llegaron a un pacto con los musulmanes, el más fuerte de los musulmanes lucharía contra el más fuerte de las tierras de Ayala. No habría ninguna batalla entre los campesinos y los musulmanes, tan solo una gran pelea. Si el más fuerte de Ayala vencía, los vecinos de estas tierras podrían seguir con sus quehaceres. Si perdía, las tierras pasarían a ser de los musulmanes.
Por segunda vez fueron a la casa de Mariaka a pedirle que luchara, y esta vez consiguieron convencerle. Mariaka lucharía contra el más fuerte de los musulmanes, aún así, este no tenía ningún miedo. Decían que era capaz de levantar a dos bueyes con sus propios brazos.
El esperado día llegó, los musulmanes llegaron acompañados de un terrorífico y feo ser. Era el musulmán  muy grande y bastante deformado, pero no dejaba de brillar. Estaba empapado de algún líquido. Ningún ayalés comprendía el por qué de aquel brillo.
Empezó la pelea, y Mariaka, que era bastante más grande, no hacía más que golpear al semidesnudo musulmán pero algo sucedía, sus golpes resbalaban en el cuerpo de aquel personaje. Los musulmanes habían bañado en aceite a su elegido, para que los golpes de Mariaka no fuesen efectivos.
El de Ayala estaba exhausto, sus puñetazos resbalaban en el cuerpo de aquel “moro”, y éste, poco a poco iba dominando la pelea.
Cuando todos pensaban que Mariaka sucumbiría ante el “moro”, el de Ayala buscó uno de los pocos sitios desprovistos de aquel aceite, pilló desprevenido al elegido de los musulmanes y le metió el dedo por el culo. Levantó al “moro” por los aires y le golpeo la cabeza con una gran roca.
Mariaka había vencido, y los musulmanes abandonaron las tierras de Ayala para siempre.
Desde entonces y hasta nuestros días, al pasar frente a la casa del fuerte Mariaka, la gente se imagina a aquel gigante entre las paredes de esa casa-torre, satisfecho por su hazaña y sabiendo que todo el valle de Ayala le recordaría para siempre.

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